Estábamos tan acostumbrados a vivir en un estado de alerta constante, con el enemigo respirándonos en la nuca, que el silencio de la casa resultaba perturbador. Gabriel, fiel a su promesa, mantenía su teléfono apagado, aunque cada vez que escuchaba un ruido proveniente del exterior, sus músculos se tensaban bajo la camisa.
—No vamos a dejar que este miedo nos dicte el ritmo de nuestra vida, Mía —dijo él, mientras observábamos desde la terraza cómo el sol se ocultaba tras los árboles. Alis dormí