—¿Qué diablos haces aquí, Antonio? —pregunto con una amargura que apenas puedo contener, sintiendo cómo el aire se vuelve denso a nuestro alrededor.
Gabriel, tomándome completamente por sorpresa, me agarra de la cintura con una posesividad que nunca le había visto, atrayéndome hacia su costado como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Contempla a Antonio con una intensidad depredadora, como si estuviera evaluando dónde impactar el primer golpe. Aún no le he dicho nada sobre el pasado que