—Señorita Mía, por favor, ¿es cierto que por fin ha decidido aceptar casarse con el señor Hoffman? ¿Es este el anuncio que todos esperábamos? —cuestiona un periodista, acercando su micrófono mientras el flash de las cámaras ciega mi visión.
Mantengo los labios sellados, mi mandíbula apretada en un esfuerzo sobrehumano por no gritarles que se larguen.
—Señorita Mía, díganos, ¿cómo se siente al convertirse oficialmente en la prometida de uno de los hombres más codiciados y poderosos del país? —in