Miranda grita, furiosa —un sonido estridente que hace eco en los rincones de mi oficina—, y luego se marcha, azotando mi puerta con tal violencia que los cristales parecen estremecerse.
Me carcajeo, dejando que una risa oscura y liberadora llene el vacío que ella dejó. Por fin la tengo exactamente donde quería, acorralada en su propia avaricia.
—Y esto es solo el comienzo, querida hermanita. ¿Querías guerra? Pues guerra tendrás, y no tengo la menor duda de que la perderás.
Mi madre me llamó hac