Mundo ficciónIniciar sesiónAmaya Calderón aceptó un matrimonio por contrato con su jefe creyendo que sería solo un acuerdo temporal, sin amor y con una fecha de caducidad claramente marcada. Durante meses fue la esposa perfecta y la asistente impecable, sin darse cuenta de que se estaba convirtiendo en la única persona capaz de desestabilizar al poderoso Fredery Blackwood. Cuando faltan treinta días para que el contrato expire, él descubre que perderla no estaba en sus planes. Para un CEO acostumbrado a tenerlo todo bajo control, Amaya ya no es parte de un acuerdo… es la mujer que ama y que no sabe cómo dejar ir. Justo cuando ella cree que la libertad está al alcance de su mano, Fredery decide luchar. ¿Podrá demostrarle que no es solo su esposa por conveniencia, sino la amada del CEO… o será demasiado tarde?
Leer más**AMAYA**
AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH.
Un grito largo, salvaje, descontrolado. No es miedo, no exactamente. Es desesperación, es rabia contenida.
Es todo lo que llevo años tragándome en silencio. El viento me golpea el rostro mientras la montaña rusa cae en picada y, por un segundo, el vacío bajo mis pies se siente más honesto que mi propia vida. Si soltara las manos, si me dejara caer… tal vez también podría soltar el peso que cargo desde que acepté convertirme en la señora Blackwood.
—¡ESTO ES UNA LOCURA! —grita Lucas a mi lado.
Lo es. Pero no tanto como casarse por contrato con un hombre que nunca prometió amar.
El carrito cae, gira, se retuerce y yo solo puedo aferrarme con todas mis fuerzas, sintiendo cada sacudida en los huesos. Cada fibra de mi cuerpo vibra, y la mezcla de miedo y adrenalina me deja sin palabras. Es como si, por unos segundos, todo lo demás desapareciera: el trabajo, las expectativas, los miedos… incluso él.
Finalmente, el carrito se detiene con un golpe que hace que mis rodillas se doblen. Quedo ahí, inmóvil, respirando como si hubiera sobrevivido a algo que no sé describir. Mis manos tiemblan, mis piernas siguen temblando, y un hormigueo de vida recorre cada centímetro de mi piel.
Lucas me observa con una sonrisa divertida.
—Estás pálida. Esto era para relajarte.
—Lo necesitaba —respondo, todavía agitada—. Necesitaba sentir algo distinto.
Cuando el recorrido termina, bajo con las piernas temblando. Lucas me observa con una sonrisa entre divertida y preocupada.
—Estás pálida. Esto era para relajarte.
—Lo necesitaba —respondo, respirando hondo—. Necesitaba sentir algo que no estuviera programado.
Nos sentamos en una banca mientras él va por bebidas. El parque vibra con risas infantiles, música lejana y olor a algodón de azúcar. Todo parece ligero, sencillo. Yo intento sincronizarme con esa normalidad, pero la realidad vuelve como una sombra persistente.
Porque por más que grite en una montaña rusa, sigo siendo la señora Blackwood cuando pongo los pies en el suelo.
Cierro los ojos un segundo y recuerdo la última cena en casa de sus padres. Su madre fue amable, incluso tomó mi mano al llegar y me preguntó por mi abuela con sincera preocupación. A veces creo que es la única que intenta verme como algo más que un apellido añadido.
Pero su hermana… su hermana no disimula. Sus comentarios son suaves, casi dulces, pero siempre comparándome con aquella amiga de la infancia de Fredery que, según ella, “sí entiende el mundo Blackwood”. Esa noche mencionó lo bien que ella encajaría en las galas familiares. Fredery no dijo nada; nunca dice nada y cuando trate de responder, él solo apoyó suavemente su mano en mi rodilla bajo la mesa. Un gesto aparentemente cariñoso, pero en realidad era una advertencia.
“Después hablamos”, murmuró sin mirarme.
Después significó recordarme que no debía intervenir en asuntos que no me correspondían.
Estoy perdida en ese recuerdo, cuando siento entonces una presencia detrás de mí. Abro los ojos. Un hombre se ha sentado en la banca posterior. Lleva gorra, lentes oscuros y tapabocas. Intenta pasar desapercibido, pero su postura lo traiciona: recta, firme, dominante.
Hay algo inquietante en la forma en que ocupa el espacio; algo que me resulta demasiado familiar.
Cuando estoy a punto de hablarle, Lucas regresa con las bebidas y, sin darse cuenta; al momento de sentarse, choca su hombro con la persona que está de espaldas. Un roce breve, casi imperceptible… pero suficiente para hacerme desistir de hablarle al desconocido.
—¡Aquí tienes! —dice Lucas, extendiéndome la bebida con esa sonrisa despreocupada que siempre parece sacarme de quicio.
Lo miro, tratando de recuperar la compostura, y no puedo evitar soltar:
—Oye… creo que casi le rompes la espalda a alguien.Lucas y yo nos giramos al mismo tiempo para disculparnos, y él apenas asiente; su gesto es mínimo, casi imperceptible.
—¿Y cómo sigue tu abuela? —pregunta Lucas.
—Mejor —respondo—. Los tratamientos han estabilizado su condición. Mientras pueda pagarlos, seguirá mejorando.
Lucas me observa con atención.
—¿Y tú? ¿Cómo estás de verdad?
Sonrío por reflejo. Esa sonrisa que he perfeccionado frente a cámaras y accionistas.
—Estoy bien.
—Amaya.
Mi nombre suena distinto cuando lo dice así. Es una invitación a dejar de fingir.
Bajo la mirada hacia mis manos.
—No tengo un matrimonio por amor, Lucas. Tengo un acuerdo con cláusulas más estrictas que cualquier contrato empresarial. Reglas sobre cómo vestir, cómo hablar, cómo comportarme frente ante la sociedad. No puedo contradecirlo en público; no puedo fallar en un evento; no puedo mostrar debilidad. —Trago saliva—. Debo ser la nuera perfecta de los Blackwood.
El parque sigue lleno de risas. A mí me cuesta respirar.
—La semana pasada hubo un inconveniente en un evento —continúo, y mi sonrisa ya no es elegante, es amarga.
Recuerdo perfectamente la escena.
—No dijo nada frente a todos —explico—. Ni una sola palabra, solo sonrió. Me sostuvo del brazo y actuó como si todo estuviera bajo control.
Trago saliva.
—Esperó a que estuviéramos solos en casa.
Ahí fue distinto.
—Me miró como si hubiera cometido una traición —añado en voz más baja—. Como si hubiera cruzado una línea invisible que solo él puede ver y me dijo: “No vuelvas a avergonzar a Victoria”.
El nombre todavía me raspa por dentro.
—¿Por qué? —pregunta Lucas, con la mandíbula ya tensa.
Lo miro por fin.
—Por una mentira. Por una maldita mentira inventada por su gran amiga.
El silencio entre nosotros se vuelve pesado.
Lucas aprieta los dientes.
—Eso es humillante.
Lo observo unos segundos antes de negar suavemente.
—No —corrijo, con una calma que me sorprende incluso a mí—. Eso es amor.
Lucas frunce el ceño, confundido.
Respiro hondo antes de continuar, porque decirlo en voz alta lo hace más real.
—Él la ama a ella, Lucas. Siempre la ha amado. —Sostengo su mirada—. Y cuando dijo que no la avergonzara, no estaba defendiendo su apellido. Estaba defendiéndola a ella.
Bajo la vista hacia mis manos.
—Yo solo estoy en medio.
Respiro hondo antes de continuar.
—Cuando dudé en asistir a la gala de invierno porque mi abuela quería verme, me recordó cuánto costó su último tratamiento. Me habló de cifras, de contratos, de revisiones presupuestarias.
Lucas me toma la mano.
—Eso es manipulación.
—Es supervivencia —respondo con honestidad.
Miro al frente, intentando mantener la compostura.
—No es cruel en público. Es impecable, frío; tan frío que hay noches en las que duerme a mi lado como si yo fuera invisible. Y otras… simplemente no regresa.
Lucas guarda silencio unos segundos.
—¿Cuánto más vas a soportarlo?
Levanto la vista y veo la rueda del parque girando a lo lejos.
—Solo treinta días más —digo, con un hilo de voz—. Treinta días y todo se habrá acabado y me iré con mi abuela. Simplemente desapareceré de su mundo perfecto.
En ese instante, un sonido seco corta la conversación: una tos inesperada, ahogada, áspera. Mi corazón da un salto. Giro la cabeza y es el caballero, sentado detrás de nosotros, su espalda rígida.
Su reacción es casi imperceptible, pero el sobresalto en su postura me hace pensar que escuchó mis palabras… y que le impactaron más de lo que quisiera mostrar.
—¿Está bien? —pregunto instintivamente, inclinándome hacia él, con la mano levantada como para ayudarlo—.
—No hace falta… responde con una voz baja
Pero sigue tosiendo, un poco más fuerte. Miro a Lucas, buscando ayuda silenciosa, y digo con urgencia:
—Hay que llamar a emergencias…
Él me detiene con un gesto casi imperceptible, y su voz, ronca y firme, rompe el silencio:
—No.
Y entonces se pone de pie, rápido, decidido, y comienza a alejarse entre la multitud con pasos medidos pero veloces.
Lucas me mira, confundido, con la ceja arqueada. —Qué raro
Justo cuando estoy por responder, mi teléfono vibra con insistencia. Lo saco y veo el nombre en la pantalla: Fredery Blackwood.
Respiro hondo, intentando que mi voz y mis manos no traicionen el temblor que siento por dentro. Lucas me lanza una mirada inquisitiva, curiosa, medio divertida y medio preocupada.
—¿Y ahora qué quiere? —pregunta—. Ni siquiera estando lejos en su viaje de negocios deja de molestarte.
—Oye, Lucas —digo, tratando de sonar firme, aunque por dentro tiemble como una hoja—. Recuerda que es mi esposo… y también mi jefe— murmuro, sintiendo cómo la jaula vuelve a cerrarse.
La llamada se corta de golpe. Mi celular brilla en la palma de la mano; el fondo de pantalla es nuestra foto de boda. Un calor extraño sube por mi pecho, pero aparto la sensación... No debo cruzar esa línea.
El viento de la feria me roza la cara, cargado de olores dulces: algodón de azúcar, palomitas recién hechas, la música distante de los carruseles. Cierro los ojos un segundo y siento que todo sigue moviéndose, indiferente a mis pensamientos, mientras algo dentro de mí despierta: alerta, curiosidad… una chispa que no puedo apagar.
Miro de reojo el espacio vacío donde estuvo aquel hombre. Su presencia aún palpita en el aire, insistente y misteriosa. No sé quién es ni qué quiso decir con su silencio, pero sé que no lo olvidaré fácilmente.
Lucas sigue a mi lado, sonriendo, hablando con ligereza, pero mi atención se escapa una vez más hacia la rueda. Hipnótica, constante, girando como si contara cada segundo que se escapa y no vuelve.
Y mientras la observo, pienso: el tiempo ha pasado demasiado rápido… tan rápido ha pasado, que pareciera que fue ayer cuando todo empezó…
**FREDERY**Salgo de la habitación y cierro la puerta con suavidad detrás de mí. El pasillo recupera el silencio, pero mi mente no corre con la misma suerte. La imagen de Amaya aferrándose a mí sigue demasiado presente; su respiración acelerada, La fuerza con la que se sujetó a mi cuello, la expresión de alivio que apareció en su rostro apenas comprendió que estaba a salvo.Exhalo despacio y continúo avanzando por el corredor, decidido a dejar atrás aquella escena. Sin embargo, unos metros más adelante me detengo. Una fina línea de luz se escapa por debajo de una puerta.Niego con la cabeza, Zoe sigue despierta. Debería haberlo imaginado… Mi hermana es incapaz de irse a dormir cuando tiene algo pendiente conmigo.Me acerco y entro sin tocar. La encuentro recostada sobre la cama, con los brazos cruzados y una expresión que intenta parecer ofendida. Apenas me ve, hace una mueca exagerada y gira el rostro hacia el lado contrario.—Estoy molesta contigo.—Zoe.Ella suspira de forma exager
**AMAYA**Salgo de la ducha con el camisón pegado a la piel y el cabello húmedo deslizándose por mi espalda, todavía envuelta en el vapor y en los pensamientos que no me han dado tregua desde la discusión. Intento concentrarme en algo simple, en el movimiento de la toalla sobre mi pelo, cuando al levantar la vista veo una sombra reflejada en el ventanal.Mi corazón se dispara.Antes de que pueda convencerme de que estoy exagerando, retrocedo y choco contra la pequeña mesa. El jarrón cae y se rompe contra el suelo con un estruendo seco. El grito se me escapa sin permiso, más por los nervios acumulados que por el ruido.Minutos después —o quizá segundos, el tiempo pierde forma— la puerta se abre con un movimiento firme.Mi cuerpo decide antes que mi mente y recorro la distancia que nos separa y me aferro a él como si fuera la única superficie estable en medio de un temblor. Mis brazos se cierran alrededor de su cuello; mis piernas, todavía inestables, se sujetan a su cintura en un impul
**FREDERY**—No lo estoy haciendo. ¿Usted sí?La pregunta queda suspendida entre nosotros. Antes de que pueda responder, la voz de Marcus irrumpe desde el fondo del pasillo.—Señor Blackwood, los jefes de área ya están reunidos.No aparto la mirada de Amaya.—Cinco minutos.Marcus asiente y se retira. El pasillo vuelve a quedar en silencio.—Mantén la profesionalidad —digo, recuperando el tono que utilizo en las juntas y negociaciones.—Siempre lo hago, señor Blackwood.Se gira para marcharse y debería dejarla ir. Sin embargo, algo en su actitud me irrita.Mi mano se cierra sobre su antebrazo antes de que avance demasiado.Ella se detiene y me mira.—¿Ahora qué ocurre?—Ocurre que pareces olvidar con demasiada facilidad los términos de nuestro acuerdo.Sus ojos se endurecen.—No los he olvidado.—Entonces compórtate como se debe.—¿Esta insinuando algo?—Solo recuerda que ahora representas algo más que a ti misma.Amaya suelta una risa breve, sin humor.—Curioso… Cuando le conviene so
A la mañana siguiente Lo primero que siento es una caricia suave en mi cabello.—Mi niña...Parpadeo varias veces antes de abrir los ojos por completo. El cuello me duele por la mala postura y mi mejilla sigue apoyada contra el borde de la cama. Entonces los recuerdos regresan de golpe: la gala, el hospital, las lágrimas que no pude contener y la mano de mi abuela entre las mías.Me incorporo de inmediato.—¿Abuela?Ella me observa con una sonrisa débil.—Buenos días, cariño.—¿Cuándo despertaste?—Hace un rato. Estabas tan profundamente dormida que no quise molestarte.Sigue viéndose frágil, pero hay algo distinto en su rostro. Algo que no veía desde hace semanas.—¿Cómo te sientes?—Mucho mejor que tú —responde, entrecerrando los ojos—. Te ves triste, mi niña.Intento sonreír.—Solo estoy cansada.Mi abuela no parece convencida, pero antes de que pueda insistir llaman a la puerta.—Adelante.La puerta se abre y aparece Lucas con dos vasos de café en las manos.—Buenos días —saluda.
Último capítulo