Su Más Dulce Obsesión

Su Más Dulce ObsesiónES

Romance
Última actualización: 2026-07-19
Shadow Clown  En proceso
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Resumen
Índice

Lyra lo perdió todo: al hombre que amaba, que la traicionó, y al bebé al que solo pudo abrazar por un instante. Consumida por el dolor, acepta trabajar como nodriza en una aislada mansión para poder sobrevivir. Pero el regreso de Kael, el hermano menor de los dueños de la propiedad, lo cambia todo. Basta una sola mirada y el aroma de Lyra para despertar en él una obsesión imposible de ignorar. Entre el llanto de un bebé y los secretos enterrados, nace una atracción prohibida que amenaza con consumirlos a ambos.

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Capítulo 1

Un Dulce Aroma

La mansión, situada en las afueras de la ciudad, era demasiado grande para una familia tan pequeña y demasiado silenciosa para una mujer cuyo corazón acababa de hacerse añicos.

Lyra despertó cuando el reloj marcó las dos de la madrugada. No fue la alarma lo que la despertó, sino el dolor tan familiar que oprimía su pecho: un cruel recordatorio de que su cuerpo seguía produciendo leche, mientras que su propio bebé llevaba tiempo descansando bajo la fría tierra.

Afuera, el viento otoñal silbaba con suavidad. Las ramas de los viejos robles se mecían, golpeando de vez en cuando los muros de piedra de la mansión con un ritmo irregular que parecía un susurro lejano. Una lluvia fina empapaba el sendero de grava y arrastraba el aroma de la tierra húmeda hasta el interior a través de las rejillas de ventilación.

Entonces, el llanto de un bebé rompió el silencio desde la habitación contigua.

Lyra cerró los ojos por un instante. Aquel llanto no era el de su hijo. Nunca volvería a serlo.

Con movimientos lentos y deliberados, se levantó de la cama. Se puso un cárdigan de punto holgado sobre el camisón de seda semitransparente que usaba para dormir y salió a la oscuridad, dirigiéndose hacia la habitación del bebé de sus empleadores.

Al entreabrir la puerta, distinguió la silueta de Elena bajo la tenue luz de una lámpara nocturna con forma de estrellas.

La mujer estaba muy lejos de su aspecto habitual. Su cabello, siempre impecable, estaba completamente despeinado, con mechones rebeldes sobresaliendo en todas direcciones. El bebé en sus brazos no dejaba de llorar, retorciéndose inquieto mientras agitaba sus diminutas piernas.

Elena volvió a acercarle el biberón, pero el pequeño giró la cabeza de inmediato y rompió a llorar con aún más fuerza.

—Vamos, cariño... Por favor. Solo un poquito para mamá... —murmuró con dulzura.

Su voz sonaba ronca por el agotamiento. Las profundas ojeras bajo sus ojos y la palidez de su rostro delataban las largas horas que llevaba luchando sola aquella noche. Cada uno de sus movimientos reflejaba un creciente estado de desesperación.

Desde donde estaba, Lyra alcanzó a ver el brillo de las lágrimas acumulándose en los ojos de Elena.

Dio un paso al frente.

—Déjeme intentarlo, señora.

Elena se sobresaltó levemente y volvió el rostro hacia ella. Sus ojos hinchados encontraron los de Lyra. En ellos se reflejaban un alivio inmenso y una culpa tan profunda que resultaba dolorosa de contemplar.

—Lyra... —su voz tembló—. Lo he intentado... una y otra vez. Pero la leche simplemente no me baja.

Bajó la mirada hacia su hijo y cerró los ojos.

—Theo no deja de llorar.

Lyra extendió los brazos y tomó al bebé con delicadeza. Los brazos de Elena temblaban por el cansancio. En cuanto el pequeño quedó entre los de Lyra, su llanto comenzó a apaciguarse, como si por fin hubiera encontrado el calor que llevaba tanto tiempo buscando.

—Debería descansar un poco —dijo Lyra en voz baja mientras lo mecía entre sus brazos—. Déjeme cuidar de él esta noche.

Elena dejó escapar un largo suspiro. La tensión que había estado oprimiendo sus hombros pareció desvanecerse al instante.

—Gracias, Lyra —susurró—. No sé qué haría si no estuvieras aquí.

Lyra le respondió con una leve sonrisa.

Unos minutos después, Elena salió de la habitación tambaleándose, apenas capaz de mantener los ojos abiertos.

Lyra se sentó en una mecedora junto a la ventana. Aflojó los botones de su cárdigan y acercó al bebé contra su pecho. Aquella cercanía calmaba una parte de su alma, al mismo tiempo que le rompía el corazón una vez más.

El silencio las envolvió. Solo se oían la suave respiración del pequeño, el ligero crujido de la mecedora y los latidos de Lyra, que poco a poco recuperaban su ritmo habitual.

Por un instante, mientras el diminuto cuerpo descansaba plácidamente entre sus brazos, el dolor que oprimía su pecho se alivió un poco.

Treinta minutos después, cuando el bebé volvió a quedarse dormido, una sed intensa se apoderó de ella. Bajó las escaleras con los pies descalzos, que apenas hacían ruido sobre el frío suelo de mármol.

La cocina estaba iluminada únicamente por el tenue resplandor de la campana extractora. Lyra llenó un vaso con agua fría y bebió con avidez hasta que unas gotas resbalaron por la comisura de sus labios, humedeciendo su cuello y deslizándose sobre su pecho, que aún conservaba una agradable calidez.

Cuando dejó el vaso sobre la mesa, algo cambió.

El aire a su alrededor se volvió distinto. El aroma a vainilla y leche que impregnaba su cuerpo empezó a verse desplazado por otra fragancia desconocida: sándalo, tabaco fino y el aire frío de la noche que entraba desde el exterior.

Lyra se volvió de inmediato.

La respiración se le quedó atrapada en la garganta.

Había un hombre apoyado con despreocupación contra la oscura columna que separaba el comedor de la cocina. Era alto, de complexión fuerte, y llevaba las mangas de la camisa remangadas hasta los codos. Su cabello estaba ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado los dedos por él una y otra vez.

Pero lo que hizo que Lyra se quedara inmóvil no fue su aspecto.

Fueron sus ojos.

Oscuros, intensos, clavados en ella con una inquietante fijeza, como si fueran capaces de atravesar su piel y descubrir todos los secretos que intentaba ocultar.

Instintivamente, Lyra se cerró el cárdigan sobre el pecho.

Pero ya era demasiado tarde.

La mirada del desconocido se había detenido unos instantes sobre la tenue mancha de humedad que se distinguía bajo la fina tela que cubría su pecho antes de regresar lentamente a su rostro.

—¿Quién eres?

Su voz, grave y ligeramente ronca, rompió el silencio sofocante que envolvía la cocina.

Lyra dio un paso atrás. Su cintura chocó contra el borde de la encimera.

—Y-yo... —De pronto sintió la garganta completamente seca—. Soy la nodriza de esta casa.

El hombre ni siquiera parpadeó.

En lugar de retroceder, dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos hasta que Lyra pudo sentir el calor que irradiaba su cuerpo. La respiración volvió a atascarse en su garganta cuando él inclinó lentamente la cabeza.

Su nariz quedó suspendida junto a la curva de su cuello mientras inhalaba lenta y profundamente. Aquel gesto era tan atrevido, tan instintivo, que hizo que todo el cuerpo de Lyra se tensara.

—¿Nodriza? —repitió él en voz baja—. Con razón.

Su mirada recorrió el rostro de Lyra durante un instante antes de volver a fijarse en sus ojos.

—De repente, toda esta habitación huele a algo... —hizo una breve pausa, como si buscara la palabra adecuada—... increíblemente dulce.

Por instinto, Lyra apoyó la espalda con más fuerza contra el borde de la encimera. Todo en su interior le gritaba que se alejara, pero sus pies permanecían clavados al suelo.

—Soy Kael.

Guardó un breve silencio antes de esbozar una leve sonrisa.

—Tengo el presentimiento de que voy a tener mucha sed mientras me quede en esta casa.

Por un instante, el corazón de Lyra pareció detenerse. Al segundo siguiente, empezó a golpear con fuerza contra sus costillas. Había algo en la forma en que aquel hombre la miraba que la inquietaba de una manera imposible de explicar. El pánico le oprimió la garganta.

—Y-yo... —tragó saliva con dificultad—. Debo volver a mi habitación.

Su voz fue tan tenue que casi se perdió en el silencio de la cocina.

Cuando intentó apartarse para escapar, una mano grande y cálida le sujetó la muñeca. No le hizo daño, pero la firmeza de aquel agarre bastó para detenerla.

Lyra se estremeció. Intentó soltarse, pero fue inútil. Su respiración comenzó a acelerarse.

—Suélteme... por favor.

Su voz apenas fue un susurro, mientras las lágrimas empezaban a acumularse en sus ojos.

Kael no la soltó.

Se limitó a mirarla durante unos segundos más antes de atraerla un poco hacia él, lo suficiente para obligarla a encontrarse de nuevo con aquellos ojos inescrutables.

Bajo la tenue luz de la cocina, Lyra vio cómo la nuez de Adán del hombre ascendía y descendía lentamente. Su mandíbula se tensó, como si estuviera reprimiendo algo. Aquella tensión había surgido de la nada, intensa, suficiente para hacer que el pulso de Lyra se acelerara.

Ella siguió forcejeando con suavidad, pero su fuerza no podía compararse con la de él. Su corazón latía con tanta violencia que, justo cuando sintió que las lágrimas estaban a punto de derramarse, la presión sobre su muñeca desapareció de repente.

Sin pensarlo dos veces, Lyra se dio la vuelta y echó a correr escaleras arriba. No se atrevió a mirar atrás. Ni una sola vez.

En cuanto llegó a su habitación, cerró la puerta con llave con manos temblorosas. Se dejó resbalar lentamente contra la madera hasta quedar sentada en el suelo y se llevó una mano al pecho, intentando recuperar el ritmo de su respiración.

¿Quién era ese hombre?

Lyra cerró los ojos con fuerza. Intentó ordenar lo ocurrido en la cocina unos minutos antes, pero todo era un caos. El miedo le impedía pensar con claridad. Ni siquiera recordaba con exactitud las palabras que Kael le había dicho.

Lo único que permanecía grabado en su mente era aquel par de ojos oscuros que seguían persiguiéndola. Unos ojos tan intensos que le robaban el aliento.

Y aquella voz grave.

Abajo, Kael seguía de pie en el mismo lugar.

Con calma, levantó la mano con la que había sujetado la muñeca de la joven y la acercó lentamente a su rostro.

Su aroma seguía impregnándola.

Una leve sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.

Hacía mucho tiempo que nada despertaba su interés con tanta rapidez. Sus ojos brillaron bajo la tenue luz de la cocina.

Al parecer, regresar a casa esta vez... no iba a ser tan aburrido como había imaginado.

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