Mundo ficciónIniciar sesiónEran las dos de la madrugada.
La mansión llevaba horas sumida en el silencio. Elena dormía profundamente en su habitación, mientras Theo acababa de volver a quedarse dormido después de despertarse para alimentarse. Lyra caminó despacio hacia la cocina. Tenía la garganta seca, quizá por la leche de avena caliente que se había obligado a terminar aquella tarde. Solo quería beber un vaso de agua fría antes de regresar a su habitación. Pero, en cuanto llegó al umbral de la cocina, sus pasos se detuvieron. La lámpara de araña proyectaba una luz tenue. La encimera de mármol reflejaba aquel resplandor apagado. Al otro lado, Kael permanecía apoyado con despreocupación contra la isla de la cocina. En una mano sostenía un vaso de cristal lleno de un licor de color ámbar. —La leche de avena ha dado resultado... ¿verdad? Aquella voz grave rompió el silencio, haciendo que todo el cuerpo de Lyra se tensara por reflejo. —Señor Kael... sigue despierto... Susurró mientras sus dedos se aferraban inconscientemente al dobladillo del fino camisón de seda que llevaba puesto. Kael no respondió de inmediato. Se apartó de la encimera y comenzó a caminar lentamente hacia ella. El sonido de sus pasos resonó en la quietud de la cocina, como si fueran una cuenta atrás que marcaba los últimos instantes de valentía de Lyra. Se detuvo justo frente a ella. Su mirada descendió con absoluta calma desde su rostro hasta la punta de sus pies. —Me debes una, Lyra. Dejó el vaso sobre la encimera, sin apartar los ojos de ella. —Hoy he sido el hermano menor más obediente delante de Elena. La mandíbula de Lyra se tensó. —Gracias a mí, mi hermana pudo dormir tranquila, sin sospechar ni por un instante que su querida nodriza empieza a temblar cada vez que me ve cerca. —Yo nunca le pedí que hiciera eso. Lyra intentó rodearlo para marcharse. Pero apenas dio un paso, Kael ya le había sujetado la muñeca. —Y, sin embargo, te gustó, Pajarito. Una leve sonrisa curvó sus labios. —Te gustó la forma en que te protegí de las sospechas de Elena. Con un solo tirón, la atrajo hacia él hasta que apenas un suspiro separó sus cuerpos. —¿No fuiste tú quien me pidió que mantuviera las distancias cuando Elena estuviera presente? —murmuró sin apartar la mirada de sus ojos—. Hice exactamente lo que me pediste. Kael inclinó lentamente la cabeza. Entre ambos apenas quedaba espacio. —Ahora... Su voz descendió hasta convertirse en un susurro. —...Elena no está aquí. Su rostro se acercó lentamente hasta quedar junto al cuello de Lyra. Cerró los ojos por un instante, dejando que el tenue aroma a vainilla inundara sus sentidos. Era un perfume que, desde el primer momento, siempre había conseguido perturbar su calma. Para Kael, aquel aroma parecía pertenecer a un mundo completamente distinto al suyo. El olor del licor más caro. El humo de los puros. La frialdad del hormigón... Nada de eso le había transmitido jamás la sensación de estar en casa. Lyra, en cambio, desprendía una fragancia completamente diferente. Una mezcla delicada de leche, la tibieza de la piel y el suave rastro del aroma de un bebé que aún permanecía aferrado a ella. El aroma del hogar. Algo que Kael nunca había tenido de verdad. Y que ahora deseaba arrebatar con una avidez casi irracional. —Dime... —susurró. Su voz sonaba más grave, ronca por la lucha interna que llevaba tanto tiempo conteniendo. —¿Crees que Elena te creería si le contaras lo que ha pasado? Después de ver con sus propios ojos lo atento que fui contigo esta tarde. Lyra cerró los ojos. El aliento cálido de Kael rozó su piel, haciendo que la nuca se le tensara de inmediato. —De verdad es usted un demonio... —Y, aun así, aquí estás. Kael levantó suavemente el mentón de Lyra con el pulgar, obligándola a sostener aquella mirada exigente. —Dame las gracias por la leche, Lyra. Una leve sonrisa apareció en sus labios. —Como es debido. Su pulgar descendió lentamente hasta posarse sobre el labio inferior de Lyra, que temblaba apenas. La caricia fue lenta. Firme. Como si quisiera borrar el último rastro de la leche de avena... O quizá el dolor que aún permanecía grabado en aquellos labios. Su dedo continuó deslizándose hasta separar apenas los labios de Lyra, obligándola a respirar por la boca. —S-señor... Su voz apenas fue un susurro antes de quebrarse cuando la presión del pulgar de Kael aumentó ligeramente. —No me llames así ahora... —murmuró entre dientes. La mandíbula de Kael se tensó. Con un solo movimiento, Kael acortó la distancia que aún los separaba. Una mano sostuvo con firmeza la mandíbula de Lyra, obligándola a alzar el rostro, mientras la otra se deslizó hasta su nuca, sujetándola para impedir que pudiera apartarse. Kael acalló cualquier protesta con un beso cargado de todo el deseo que había contenido hasta ese momento. Ya no era una simple provocación. Para él, solo estaba reclamando aquello que creía que le pertenecía desde el principio. Lyra intentó resistirse. Apoyó las palmas contra el pecho de Kael con la poca fuerza que le quedaba, buscando un espacio para respirar mientras trataba de aferrarse a la cordura que poco a poco se le escapaba de las manos. Pero tanto su cuerpo como su mente estaban demasiado agotados. El duelo que aún no había cicatrizado, el cansancio acumulado y los constantes juegos psicológicos de Kael durante todo el día habían ido desgastando sus defensas. Poco a poco, sus fuerzas desaparecieron. Y fue su propio cuerpo el que terminó traicionándola con mayor crueldad. En lugar de apartarse, su espalda cedió y, sin darse cuenta, terminó apoyándose en el hombre del que más debía huir, como si buscara un apoyo para no derrumbarse. Un ronco gemido escapó de la garganta de Kael. Su mano descendió hasta la cintura de Lyra y la sujetó con firmeza, en un gesto casi posesivo, como si se negara a permitir que se alejara siquiera un poco de sus brazos. Las manos de Lyra acabaron aferrándose a los hombros de Kael cuando él la levantó y la sentó sobre la encimera de mármol. El frío de la piedra atravesó la fina tela que llevaba puesta. Sin embargo, el calor del cuerpo de Kael, tan cerca del suyo, resultaba mucho más difícil de ignorar. —S-señor... deténgase... —susurró Lyra. Aquellas palabras sonaron mucho más frágiles que firmes, como si ni ella misma estuviera segura de que aún conservaran algún poder. Kael levantó apenas la cabeza. Su mirada recorrió cada cambio en la expresión de Lyra, buscando una respuesta que ni siquiera ella parecía capaz de encontrar. —Me llamaste demonio, Lyra. Su voz era grave, casi absorbida por el silencio de la madrugada. —Pero cada vez que intentas alejarte... terminas frente a mí. Lyra bajó la mirada. Su pecho subía y bajaba con una respiración desordenada. La culpa pesaba sobre ella, mezclándose con el agotamiento, la pérdida y el anhelo de que alguien cargara, aunque solo fuera por un instante, con todo aquel dolor. Kael le acarició suavemente la mejilla. —No estoy fingiendo delante de Elena —dijo en voz baja—. Lo que está ocurriendo entre nosotros... es real. Aquellas palabras hicieron añicos la última barrera que Lyra aún intentaba mantener en pie. Cerró los ojos. Frente a Kael, ya no solo luchaba contra él. También luchaba contra sí misma. —Lyra... Kael pronunció su nombre casi como una súplica. —Di mi nombre. Un largo silencio quedó suspendido entre los dos. Finalmente, Lyra entreabrió los labios. —...Kael. Aquella única palabra bastó para cambiar algo entre ellos. No porque alguno hubiera vencido. Sino porque ambos comprendieron que, después de aquella noche, ya no existía un camino de regreso hacia las personas que habían sido antes.






