Oriana
El tiempo que había compartido con Stephan, me había enseñado una cosa: no era aficionado a expresar sus sentimientos o expresar lo que le ocurría.
Uff…¿A quién engañaba?
Simplemente, no le gustaba abrir la boca en lo absoluto, o al menos no para comunicarse como cualquier otro ser humano. Simplemente, esperaba que leyese su mente. Sin embargo, desde que regresamos de ese cuchitril donde debía arreglar asuntos, parecía todavía más callado que de costumbre. Si es que eso era posible.
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