Oriana
El espejo temblaba. O tal vez era yo.
Me di la vuelta lentamente. Su figura se alzó frente a la puerta cerrada como una sombra que acababa de materializarse. Más alto, más imponente… más letal de lo que recordaba. Pero eran sus ojos lo que me paralizaban. Ardían igual que en la fotografía. Igual que cada vez que estábamos juntos.
—Sal de aquí —susurré, aunque mi voz no tenía fuerza—. No deberías haber venido, Stephan — jadeé sofocada por su presencia.
Él no respondió enseguida. Caminó ha