El demonio de Daimōn.
Stephan
Daimōn olía a lluvia sucia, pólvora y hierro oxidado.
La ciudad que nunca dormía. Pulsaba como el corazón de monstruo aletargado. Revolcándose en su propio veneno, con las tripas abiertas al cielo y los ojos fijos en la oscuridad. Y esa noche, bajo las sombras alargadas, me entregaba su corona. No por herencia. No por lealtad. Si no porque había aplastado a todos los que se interpusieron en mi camino.
A lo lejos, el Zolotoy Ad aún humeaba. Las torres de mármol blanco, las cúpulas dorada