NAHIA
Me detengo frente a la puerta del ascensor, con la respiración entrecortada, el corazón siempre al borde de la explosión.
El vestíbulo está vacío. El silencio es más opresivo que en la habitación.
Permanezco allí un segundo, con la espalda contra la pared helada, los ojos cerrados.
No he huido, me digo.
He sobrevivido.
Pero mis manos aún tiemblan.
Me agacho para recoger mi ropa interior y es ahí cuando lo siento.
Un pellizco. Una tensión. Una quemazón difusa entre mis muslos.
Hago una mue