NAHIA
La puerta se cierra detrás de nosotros con un golpe seco, y ya siento el contraste entre la intimidad ardiente que acabamos de compartir y el mundo helado que nos espera afuera. El motor retumba, pero esta vez no es él quien conduce: detrás del volante, el chofer permanece inmóvil, concentrado en la carretera, una presencia invisible y tranquilizadora que nos aísla aún más del resto del mundo.
Estoy sentada a su lado, la limusina silenciosa e imponente a nuestro alrededor, un estuche de c