NAHIA
Abro los ojos en un silencio espeso.
El tipo de silencio que se adhiere a la piel. Que resuena en la caja torácica como un grito que no se ha osado emitir.
Todo es borroso, indistinto.
La luz es pálida, lívida, ajena. El alba sin calor de una mañana que no promete nada, salvo el inevitable regreso a mí misma.
Estoy tumbada, siempre desnuda y húmeda.
Su piel contra la mía.
Su mano, apoyada en mi cadera, pesada, ardiente, posesiva incluso en el sueño.
Su aliento, regular, pacífico, roza mi