NAHIA
La habitación huele a lavanda marchita.
No esa que se enciende para calmar, no. Esa que se queda en los cajones cerrados desde hace años, empapada de olvido. Esa que apenas cubre el olor de los medicamentos, de la piel demasiado pálida, de la vida que se deshilacha.
Empujo la puerta. Lentamente. Como si tuviera miedo de despertarla. O de enfrentar lo que se ha convertido.
Ella está allí, sentada en su silla. La espalda ligeramente encorvada. Las manos sobre los reposabrazos. La mirada vac