NAHIA
El coche se lanza en la noche, y el silencio dentro es tan denso que apenas me atrevo a respirar, mis manos apretadas sobre mis rodillas, mis dedos deslizando sobre la tela fría de mi vestido como para aferrarme a ella, mientras él, inmóvil a mi lado, contempla la carretera con esa serenidad glacial que solo pertenece a los hombres que nunca han tenido que dudar. El reflejo intermitente de las farolas atraviesa el parabrisas, recorta su perfil como una hoja, y cada destello acentúa la dur