Mundo ficciónIniciar sesiónPara salir de prisión, Astrid Linos se casa con el hijastro de su exesposo. Cuando él regresa de su luna de miel, descubre que la mujer que dejó en prisión, la que dio todo por él, hasta el punto de perder su libertad, ahora es la esposa de Liam Brown, su hijastro, el que está dispuesto a apartarlo de la vida de su madre. Robert Johnson no puede asimilarlo. Él no acepta que la mujer que amó con toda su alma, ahora sea la esposa de su... enemigo. No le importa los riesgos que tenga que tomar, pero él no permitirá que ella le entregue su corazón a alguien más.
Leer másLa grande mano de David Ferrer se introdujo en el maletín que se encontraba sobre la pequeña mesa, sacó de adentro una carpeta la cual posó frente a Astrid Linos. Aquella mujer la tomó en sus manos y procedió a abrirla.
Al mismo instante en que leyó el documento, su corazón se rompió en mil pedazos.
—Firma —dijo con frialdad David.
Astrid Linos dejó caer unas cuantas lágrimas.
—¿Por qué no vino él?
—Robert no pudo venir, tenía una reunión importante. De esa reunión dependerá su posición en la presidencia de Brown. Ya sabes, siempre ha sido su sueño gobernar el imperio Brown.
David Ferrer hizo una mueca de desagrado al momento en que Astrid Linos sollozó.
—No lo hagas tan difícil, solo toma el bolígrafo y firma.
Con los ojos iluminados, Astrid alzó la mirada y reprochó:
—Para ti es fácil decir que firme, pero no sabes lo difícil que es terminar con un matrimonio de cinco años. Porque no sabes lo que es estar casado, ya que nunca lo has estado, y ni siquiera sabes lo que se siente estar lejos de la persona amada, porque jamás en tu vida te has enamorado.
—Pero Robert no te ama, porque de hacerlo no estaría solicitando el divorcio, ni siquiera le importa que estés aquí, encerrada en estas cuatro paredes.
Las palabras de David eran duras pero verdaderas. En cada una de ellas había una gran verdad, la cual Astrid no había podido descubrir hasta ese momento.
Con el corazón apachurrado y las manos temblando, agarró el bolígrafo y firmó. En los dos segundos que tardó en realizar su firma, acabó con cinco años de vida junto a Robert, su novio de juventud, el amor de su vida, aquel hombre que amó desde el primer día que se cruzó en su camino.
Para Astrid, él era el hombre perfecto, ese príncipe azul que muchas quieren encontrar pero nunca han logrado. Sin embargo, ese hombre le estaba dando la espalda en el momento que más lo necesitaba.
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Después de que el abogado de su esposo, o mejor dicho de su exesposo, se marchara, Astrid volvió a su celda y, una vez dentro, se dejó caer sobre la cama. Lloró como jamás lo había hecho, ya que un torbellino de emociones dolorosas se desencadenaron tras divorciarse de Robert Johnson.
Este último se encontraba en la torre más alta de la ciudad de Los Ángeles, California. Con una sonrisa de victoria, recibió la presidencia de las empresas Brown. A su lado se encontraba la viuda: Ava de Brown, quien luego de nombrarlo presidente de las empresas, aprovechó para acercarse y darle las felicitaciones.
Por la noche, Robert Johnson salió junto a David Ferrer para celebrar su nombramiento como presidente de la empresa Brown.
—¡Al fin, hermano! Después de tantos años trabajando para esa empresa y ser el más destacado, al fin logran reconocer tu gran esfuerzo.
—Esto solo es el principio. En un par de años, todo el imperio Brown será mío. Es lo que me merezco.
—Así es. Nadie más que tú lo merece.
Robert Johnson sonrió de medio lado mientras vizlumbraba su futuro como el dueño y amo de tal fortuna, y alzó la copa para beber el líquido fuerte que se encontraba dentro de esta.
Pasó la noche de copa en copa con su primo por parte de madre.
En cuanto a Astrid, ella continuaba llorando por la ruptura de su matrimonio y el abandono de su esposo. Mientras hacía remembranza del pasado, de aquellos momentos felices que vivió junto a Robert, sus ojos se iban cerrando lentamente. Se sumergió en el sueño, donde se encontraba Robert. Para ella era tan duro asimilar que él la hubiera dejado sola en esta situación, después de que sacrificara su libertad por la vida de él. También rememoró las duras palabras que le había dicho un día antes de que le enviara a su abogado:
«Astrid, yo no te pedí que me salves. Si lo hiciste es porque quisiste, no por eso estoy obligado a estar contigo. El amor que sentí por ti se murió. Se acabó. No puedo seguir casado contigo. Tú ya me eres indiferente».
Astrid sollozó y reprimió el llanto sobre la almohada. Le dolía el corazón, estaba destrozada porque Robert ya no la amaba, ya no la quería. El amor que un día sintió por ella se murió. Ni siquiera le importó el sacrificio que ella hizo por él, simplemente la abandonó como si ella fuese un perro.
El corazón de Astrid se llenó de resentimiento. Le parecía tan injusto la forma en la que se estaba comportando. Ella no se merecía eso. Le había dado años de su vida y a él simplemente le valió madre.
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Dos años después, Astrid Linos se encontraba sentada en el grande comedor de la cárcel de mujeres. Con lentitud llevó la cuchara a su boca y, sin despegar la mirada del pequeño televisor, se levantó y se fue acercando a la pequeña pantalla.
—¿Pueden subir el volumen? —pidió, y quien estaba a cargo lo hizo.
La noticia bomba que atrajo la atención de Astrid eran las fotografías que mostraba el periodista sobre la boda de Ava Silverio y Robert Johnson. Astrid tomó el tenedor que se encontraba en una mesa cercana a ella y lo lanzó contra la pantalla del televisor.
El dolor que le embargó el pecho la hizo descontrolarse. Saber que su exesposo se había vuelto a casar golpeó su corazón.
Aunque habían pasado dos años, ella lo seguía amando. No hacía otra cosa que pensar en él, pero a Robert Johnson parecía no importarle lo que sucediera con ella. Después del divorcio no supo más nada de él, hasta que lo volvió a ver en la pantalla de un televisor, pero casándose con otra.
—Tendrás que pagar por haber dañado el único televisor —dijo una guardia mientras la llevaba a la ducha para luego lanzarle en la cabeza cubetas llenas de agua con cubos de hielo. A pesar de que el frío hielo azotaba su cuerpo, Astrid no sentía dolor alguno. El dolor que embargaba su pecho era más grande que el que le causaba el hielo al caer en su cabeza.
Pero la noticia de esa boda no solo le cayó mal a Astrid, sino que también fue una sorpresa para Liam Brown.
Este se encontraba en medio del Caribe disfrutando con sus amigos y rodeado de mujeres, cuando su teléfono empezó a sonar con mucha insistencia. Solicitó a sus amigos que bajaran el volumen de la música y procedió a abrir la llamada.
—Corderito… ¿a qué se debe tu llamada?
—Liam, debes volver a Los Ángeles hoy mismo.
—¿Por qué tendría que volver?
—Tu madre se casó con Robert Johnson.
—¿Cuándo sucedió eso? ¿Por qué no me habías contado sobre esa boda?
—Será porque nunca contestas las llamadas. Pero lo que sí te digo, Liam, es que ese hombre está logrando apoderarse de todo lo que te pertenece, y si no vuelves y tomas posesión de las empresas, tu familia se quedará arruinada y, peor aún, no podrás tener dinero para seguir disfrutando de tus viajes con tus amiguillos, porque no son otra cosa que eso: unos amiguillos de pacotilla.
Robert Johnson se encontraba sentado en su lugar de siempre: el asiento que solo ocupaba el presidente de las Empresas Brown, cargo que había desempeñado durante dos años y algunos meses. Con una tranquilidad serena, esperó pacientemente a que su esposa y su hijastro se acomodaran en sus respectivos asientos. Al hijastro no le quitó la mirada de encima hasta que se sentó.Los ojos azules de Liam observaron con desprecio a aquel hombre que mantenía una sonrisa en los labios. Sin embargo, al recordar que ese rictus se borraría en cuanto su madre lo excluyera del poder, soltó el aire y se llenó de paz. Solo era cuestión de esperar unos minutos para ver cómo cambiaba su semblante. Según Liam, Robert no se esperaba lo que estaba a punto de suceder.Después de saludar a todos, Ava tomó la palabra:—El motivo de esta reunión es… —Miró a Robert, quien se encontraba recostado contra el espaldar de la silla con un codo apoyado en el brazo de esta. Tragó grueso al encontrarse con sus ojos; ese h
Tras cerrarse la puerta frente a la cara de Robert, este lanzó un golpe en ella. Al segundo siguiente dio media vuelta y se encaminó hasta la habitación de huéspedes. Antes de llegar a su puerta, la delgada mano de Ava lo detuvo desde la manga de la pijama.—¿Ese es el motivo por el que estás aquí? —cuestionó al colocarse frente a él—. Ya lo sé todo. Sé que esa zorra es tu exmujer y la puta con la que me engañaste.Robert sintió la sangre arder, tensó la mandíbula y dio un paso más al frente.—Si ya lo sabes, ¿por qué preguntas?Ava sintió un dolor profundo en el pecho. Ella esperaba que Robert negara todo.—Infeliz —lo manoteó mientras el hombre continuaba parado como una estatua frente a ella—. Eres un desgraciado, descarado. ¿Cómo pudiste traicionarme con la mujer de mi hijo?—Astrid es mi… mujer y no será de nadie más —dijo Robert al tiempo que le agarraba ambas manos. Los ojos de Ava se iluminaron, miró fijamente a Robert y cuestionó:—¿Por qué? ¿Por qué me haces esto? ¿Qué te hi
Después de pasar una noche entera y un mediodía en el hospital, Liam Brown llegó a su casa, subió hasta su habitación y apenas cerraba la puerta su madre ingresó. La mujer se veía nerviosa y angustiada.—¿Qué tienes? —preguntó el castaño.—¿Pudiste hablar con Astrid? ¿Te dijo si va a volver o no? —Liam suspiró y se sentó en la cama, empezó a sacar sus zapatos. Mientras tanto Ava se impacientaba por obtener respuestas.—¿Astrid está en el hospital? —Ava llevó su mano a la boca, mostrando asombro—. Anoche un… no sé cómo describir a esa clase de personas que manejan como animales, la arrolló.—¿Y ya saben quién fue? —Liam negó—. ¿Pero se murió? —preguntó Ava traqueando sus dedos.—Mamá, ¿cómo puedes preguntar eso?—Bueno, dices que la arrollaron, ¿no?—Sí, pero gracias a Dios Astrid está bien.—¿Se salvó? —Liam miró a su madre con enojo, al parecer no le agradaba que su esposa estuviera bien.—Sí, Astrid está bien, solo que…—¿Qué?—Perdió la memoria, bueno, al menos una parte.Ava sonri
—Porque eres el hijo del causante principal de que mi hijo haya muerto —dijo Leandro.—¡Ah, ahora sí lo acepta! Ahora sí acepta que era su puta venganza y se le hizo fácil incluir a un niño de cinco años.—Tú querías vengarte, yo solo te ayudé.—Tenía cinco años, pude haber dicho y querido tantas cosas que no sabía si eran buenas o malas…—Pero cuando empezaste la venganza ya eras un hombre, pudiste tomar tus propias decisiones pero quisiste continuar…—¿Acaso usted me dejó alguna otra opción? Cuando me enamoré y supe que iba a ser padre me negué a continuar, ¿y qué hizo usted?—Pudiste haber escapado con ella, pero simplemente no lo hiciste.—¿Y condenarla a vivir una vida huyendo? Porque usted no me dejaría en paz hasta que le pague el último centavo de lo que según gastó todos estos años en mí.—No, sabes que no fue por eso que no escapaste, todo fue por el dinero… yo te daba la vida que siempre quisiste, te estudié en los mejores colegios y universidades del estado, te compré un d





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