—Robert, amor, ¿estás ahí? —cuestionó Ava Silverio mientras se acercaba a la alberca.
—Quédate aquí y ni se te ocurra hacer ruido —amenazó Robert. Luego se dirigió al encuentro de su esposa.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no has subido a la habitación?
—Estaba tomando aire —dijo al tiempo que se acercaba y la rodeaba por la cintura con sus brazos.
Se dieron un beso, beso que Astrid vio desde las sombras y sintió cómo su corazón se partía en dos. Nunca había pasado por algo así. Ni en sus peores pes