Capítulo 4

Liam Brown observó detenidamente el rostro de Astrid; la expresión de sus labios rosados y sus ojos lo tenían cautivado. Al sentir la mirada penetrante de aquel joven, Astrid tragó gruesa saliva. Desde una esquina de la misma oficina, Richard contempló a los dos jóvenes, llevó su copa a la boca y sonrió para sus adentros. Al parecer, el matrimonio de mentiras podría transformarse en realidad; si esos dos seguían mirándose como se miraban. 

—Si no hay nada más que decir, quisiera irme a mi habitación.

—Sí, claro —dijo Liam al beber otra copa—. Déjame llamar a la empleada para que te lleve.

En el momento en que Liam marcaba el número de la servidumbre, la puerta del despacho se abrió y quien asomó la cabeza fue Sarah.

—¿Qué hacen aquí? —cuestionó al entrar—. ¿Quién es ella?

Astrid miró a Liam y este se levantó, caminó hasta ella y la rodeó por la cintura. Al sentir las manos de aquel joven rodeando su cintura, Astrid sintió estremecer su cuerpo.

—Ella… es mi esposa —dijo Liam al tomar la barbilla de Astrid y obligarla a mirarlo. Esta última sintió un nudo rodar por su garganta. Le incomodaba la cercanía de Liam.

—¿Tu esposa? ¿Pero cuándo te casaste que no me enteré?

Liam suspiró y se alejó de Astrid sin soltarle la mano; sus dedos aún estaban unidos y ese mínimo contacto había dejado a Astrid perpleja.

—Bueno, me casé hace un mes.

—¿Y no me invitaste? ¿Eres un mal hermano? —reprochó al cruzarse de brazos. Sarah formó un puchero y luego miró a Astrid de arriba abajo—. Eres muy hermosa, mucha mujer para alguien como Liam —dijo al acercarse y saludar a Astrid.

Esta última sonrió, y en cuanto a Liam, puso los ojos en blanco.

—¡Vaya, qué hermana me tocó! —replicó al volver a su asiento.

—Mucho gusto, soy Sarah Brown, tengo 15 años y me gusta la pintura.

Astrid le dio un beso en la mejilla a Sarah y juntas recorrieron la mansión. Después de un rato, Sarah llevó a Astrid hasta la habitación de su hermano. Antes de ingresar, indicó:

—Esa es la habitación de mi madre.

Astrid se quedó contemplando por un segundo la puerta de esa habitación, suspiró profundo mientras en su cabeza se imaginaba las noches en las que Robert pasaba con la mamá de Sarah. Regresó de su trance cuando Sarah la llamó.

—¿Vienes?

—Sí —dijo Astrid al continuar tras de ella.

Al entrar, encontró una enorme cama. Luego caminaron hasta el enorme vestidor, donde encontraron solo ropa de Liam; todo estaba tan perfectamente ordenado y brillante. Pasó al baño, donde encontró un sinnúmero de perfumes y todo tipo de accesorios de hombre. Toda esa habitación y baño olía a Liam.

—Todo está en orden porque, como sabes, mi hermano tiene mucho tiempo que no vive aquí —explicó Sarah.

Astrid estaba impresionada con todo lo que veía, puesto que jamás había estado en un lugar así, lleno de lujos.

—¿Me contarás cómo conociste a Liam?

Astrid asintió con una media sonrisa.

—Sí, pero será en otro momento. Ahora solo quiero darme un baño.

—Está bien, te dejaré sola. Luego vuelvo para que me cuentes todo lo que has vivido con el loquillo de mi hermano.

Entonces Astrid aprovechó para darse un baño rápido. Una vez que salió de la ducha, envolvió una toalla en su cabeza y otra en su cuerpo, caminó hasta donde se encontraba la recámara, puesto que había dejado la bolsa de ropa que había traido de prisión, en la cama. 

Al abrir la puerta encontró a Liam sentado al borde de la cama. Cuando este escuchó la puerta abrirse, levantó la mirada y se encontró con la silueta de la joven. Astrid tragó grueso y, sosteniendo su toalla, se acercó a la bolsa. 

—Olvidé mi maleta —dijo mientras la agarraba.

En cuanto a Liam, se había quedado estupefacto con el brillo que radiaba de la piel de esa mujer.

—Tomé algo de tu shampoo, espero no te moleste.

—No te preocupes —dijo al regresar de su trance y levantarse—. Déjame ayudarte.

—No es necesario —susurró Astrid al tenerlo tan cerca—... Ahora, si me permites, me cambiaré.

—Ah. Lo siento —replicó Liam y salió.

Una vez cambiada, Astrid salió del vestidor y encontró a Liam parado en las puertas de cristal que daban al balcón. De pronto, aquel hombre alto se giró a verla y, con una sonrisa de medio lado, la dejó aturdida.

Con las manos en los bolsillos, Liam se acercó a Astrid.

—¿Qué te preguntó Sarah?

—Quiere saber cómo nos conocimos y de qué manera surgió el amor.

—¿Le contaste alguna historia?

—No, le dije que al rato le contaba.

—Bien, se la contaremos juntos.

Dicho eso, Liam tomó la mano de Astrid y caminó en dirección a la puerta. En cuanto a Astrid, se soltó de su agarre y suspiró.

—No creo que sea necesario que tomes mi mano aquí —Liam se detuvo y la miró de nuevo—. Además, no tenemos una historia que contar.

—Yo sí la tengo. Seré yo quien se la cuente y tú solo asentirás.

—Al menos podrías decirme cuál es la historia de amor.

—La escucharás junto con ella. Ahora, señora de Brown, continúe —hizo un movimiento de manos para que Astrid pasara. Al momento en que pasó por su costado, suspiró y refutó—: Hueles a mí, nunca pensé que olía así de rico —dijo y sacó una sonrisa de Astrid.

—Parece que eres algo presumido.

—Tienes mucho que conocer de mí, palomita.

—¿Palomita? —cuestionó al detenerse.

—Sí, ese será tu apodo.

—¡Qué! No me gustan los apodos.

—A mí sí —dijo al pellizcarle la barbilla. Astrid se hizo hacia atrás y suspiró—. No vuelvas a hacer eso —sentenció.

—¿Por qué? ¿Acaso te dolió? —cuestionó Liam.

Astrid solo suspiró y recordó los momentos en que Robert le hacía aquel gesto. Un nudo atravesó su garganta al recordarlo; no sabía qué iba a suceder el día que lo tuviera frente a ella.

—Solo no vuelvas a hacerlo —dijo y continuó su camino.

En cuanto a Liam, se quedó con las cejas arqueadas.

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