Mundo ficciónIniciar sesiónLiam Brown suspiró profundamente y cortó la llamada. Pidió a todos que se retiraran y se adentró en su casa. Solicitó a las empleadas que prepararan su maleta y, cuando estuvo listo, se dirigió al aeropuerto.
Al día siguiente se encontraba en Los Ángeles. Una vez que llegó a su casa, Sarah, su hermana menor, lo recibió con un fuerte abrazo. Al verlo, se lanzó sobre él y se envolvió con las piernas y brazos.
—Vas a asfixiarme, pollita.
—Estás aquí, loquillo. No puedo creer que hayas vuelto… Promete que no te volverás a ir.
—Lo prometo —dijo al entrelazar la mano con su hermana. Luego caminaron abrazados hasta el salón, donde hablaron de muchas cosas que habían sucedido en la ausencia de Liam.
—Li, ¿sabes que mamá se casó con Robert?
—Sí, por eso estoy aquí —dijo al mirar el reloj—. Pollita, debo reunirme con Corderito. En la noche hablamos.
—Promete que vendrás temprano para cenar juntos. Desde que mamá se enamoró me ha tocado cenar sola. Sabes lo horrible que es sentarte en un enorme comedor y no tener con quién hablar —Sarah soltó un suspiro y formó un puchero.
—Eso cambiará de ahora en adelante —dijo al acercarse y colocar el suave cabello de su hermana tras la oreja—. He vuelto y te prometo que no volverás a comer sola. Espérame esta noche, hermanita —culminó al posar un beso en la frente de la joven.
Luego salió y se dirigió a la oficina de Corderito, el abogado de su familia. Una vez que llegó al edificio y tomó el primer ascensor, dejó a más de uno con la boca abierta. Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso indicado, Liam Brown sacó sus gafas de sol y guiñó un ojo a la secretaria de Richard Bruce. Esta sonrió al mismo tiempo que colocó un mechón tras su oreja y se quedó embelesada observando al alto y elegante hombre caminar en dirección a la oficina de su jefe. Se quedó tan embobada que incluso se le olvidó anunciarlo.
—Adelante —dijo el hombre de edad media.
Liam abrió la puerta y procedió a ingresar. Se acercó hasta el escritorio donde saludó a aquel hombre con el inusual sobrenombre de Corderito.
—¡Qué bueno que ya llegaste! Toma asiento que te explicaré lo que sucede.
Liam obedeció y se sentó frente a Richard. Luego cruzó las piernas y sacó un tabaco para encenderlo.
—¿Puedo? —cuestionó, y el anciano negó. Entonces Liam apagó el cigarro en el cenicero y entrelazó sus manos.
Pasó varias horas hablando con el abogado, quien le informó todo lo que podría pasar si su madre le entregaba por completo el poder a Robert.
Liam Brown es un hombre de 25 años de edad, que a pesar de los años que tiene es inmaduro e irresponsable. Cuando su padre murió se perdió en las farras, el licor y las mujeres; solo eso calmaba el dolor que le causó la muerte de su amado progenitor. Eso pasó hace diez años, cuando Liam era un adolescente que apenas empezaba a conocer lo duro de la vida.
Por la noche, Liam estuvo presente en el comedor como se lo había prometido a su hermana, pero era como si no estuviera presente, ya que el silencio perduró en el comedor. La mirada de Liam se encontraba fija en el lugar donde se sentaba su padre.
—¿Dónde se sienta ese hombre? —cuestionó al volver de su trance.
—¿Dónde crees tú? —Liam volteó en dirección a Sarah y esta asintió—. Ahí, en el mismo lugar que imaginas. Se cree dueño de todo, es tan arrogante.
—Ya se le bajarán sus humitos —dijo al tomar de su té.
Al día siguiente, en la cárcel de mujeres, Astrid Linos se encontraba ordenando la cama cuando la puerta de su celda fue abierta.
—Astrid Linos, tienes visita —informó la guardia.
Astrid terminó de arreglar su cama y salió en dirección a la sala de visitas. Una vez ahí, no encontró a nadie más que a dos hombres que le daban la espalda. Por un momento se imaginó que podía ser Robert; en sus inocentes pensamientos aún tenía la esperanza de que él volviera por ella. Sin embargo, cuando descubrió el rostro de los dos hombres sintió una gran decepción.
—Señorita Linos, buenos días —saludó el abogado que estuvo a cargo de su caso. Astrid le devolvió el saludo, luego dirigió la mirada a aquel hombre desconocido e inmediatamente su abogado se lo presentó—: Señorita Linos, él es…
—Soy Richard Bruce, abogado de los Brown —se presentó el hombre.
Astrid abrió los ojos con asombro y su corazón empezó a emocionarse. Una sonrisa se dibujó en su rostro al imaginar que Robert le había enviado un abogado para sacarla de prisión.
—¿Los Brown? ¿Trabaja para mi exesposo?
—No precisamente para él —dijo y la invitó a sentarse—. Señorita Linos, estoy aquí para proponerle un trato.
—¡Espere! ¿No está aquí porque Robert lo envió?
—No, estoy aquí por mi voluntad. Quiero ayudarla a salir de este lugar —Astrid sintió su corazón derrumbarse. Todas sus ilusiones volvieron a ser aplastadas. «Qué tonta e ingenua eres, Astrid», se repitió a sí misma por creer que su exesposo se había compadecido de ella.
—Escuche lo que el señor Bruce le tiene que decir —aconsejó su abogado.
—¿Me puede dejar a solas con ella? —pidió Richard y el abogado asintió.
Una vez solos, Richard Bruce le comentó a Astrid sobre el trato, y mientras ella lo procesaba, carraspeó su garganta.
—¿Acepta, señorita Linos?
Astrid volvió a leer el contrato. Luego alzó la mirada y comunicó:
—Acepto.
Richard Bruce sonrió de medio lado. Jamás pensó que sería tan fácil conseguirle una esposa a Liam que aceptara todas las condiciones estipuladas en el contrato. Más que una esposa, Astrid sería una aliada para destruir a Robert Johnson.







