—Me parece bien que estés presente, Robert —dijo Richard al tiempo que sacaba de su maletín un sobre—. Así te enterarás de los nuevos cambios que habrá en la empresa. Como abogado de la familia Brown, es mi deber leer una de las cartas de mi amigo, Armando Brown.
Robert apretó los puños. Escuchar ese nombre le producía náuseas, tantas que sintió unas ganas infinitas de vomitar.
—¿Carta de mi padre? —cuestionó Liam, asombrado.
—Sí. Armando dejó una carta de la cual tu madre tiene conocimiento.
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