Me obligué a levantarme. Tenía que ir a la oficina. Aunque por dentro estuviera rota, por fuera debía parecer fuerte. Me metí a la ducha con agua helada, buscando congelar todo lo que sentía. No podía darme el lujo de derrumbarme en el trabajo. No otra vez.
Me puse un pantalón negro ajustado y una blusa blanca sin mangas. Me recogí el cabello en una coleta baja y cubrí las ojeras como pude. Respiré hondo antes de salir, como si fuera a enfrentar una guerra. Porque lo era.
El camino fue silencio