Después de enviarle ese mensaje a Verónica —*Él decidió quedarse con su verdadera familia. Ya lo recordó todo. No juegues más, Verónica*— apagué el celular de golpe y me acosté fingiendo que podía dormir. Pero no fue así.
Muy temprano, todavía con el cielo opaco, escuché un alboroto en el pasillo. Voces, pasos rápidos, y el chirrido de una silla de ruedas. Me asomé apenas por la rendija de la puerta y ahí estaba: Verónica, pálida, con su bebé en brazos como si fuera un trofeo. La rodeaba un gru