Me quedé con la respiración pegada al pecho, como si el aire fuera un lujo que no me podía permitir. Fabián no salió por la puerta. Se quedó—allí, a mi lado—con la mirada hecha jirones, debatiéndose entre el impulso de correr hacia Verónica y algo que lo anclaba a mí. Sentí que el mundo se sostenía de un hilo muy fino.
En ese silencio tenso apareció el médico, con el expediente en la mano y la expresión grave que ya me sabía de memoria. Se acercó y, con voz medida, me dijo:
—Los resultados mues