No había logrado dormir bien. Cada ruido en este nuevo hospital me ponía los nervios de punta: el paso de las enfermeras, el pitido de las máquinas, hasta el murmullo lejano de otros pacientes. Todo me parecía demasiado intenso. Matías no se despegaba de mí ni un segundo. No hablaba mucho, pero su sola presencia era como un recordatorio constante de que no estaba sola, aunque mi corazón insistiera en sentir ese vacío imposible de llenar.
Estábamos en silencio, él sentado al borde del sofá de la