Cuando escuché que se abría la puerta principal del edificio. Una voz familiar, grave y segura, se acercaba conversando con la recepcionista.
**No. No. No puede ser.**
Sentí que la sangre me abandonaba el rostro. Me puse de pie instintivamente, con una carpeta en la mano, como si eso pudiera esconderme. **Pero era tarde.**
—**¿Ana?** ¿Tú? ¿Tú qué haces aquí? —preguntó mi papá, deteniéndose en seco frente a mí, con una expresión de total sorpresa.
—Cuando me hablaste de un trabajo… no pensé que