Dormí mal. O mejor dicho: no dormí. Mis ojos arden, mi cuerpo duele y mi alma está hecha polvo. Me quedé abrazada a la almohada como si fuera lo único que me sostuviera. Afuera, el silencio. Adentro, un caos.
Me levanté tarde. La casa estaba en silencio, como si el eco de anoche también se hubiera dormido. Caminé hasta la cocina y, para mi sorpresa, allí estaba él.
Fabián.
Sentado en la barra con una taza de café que claramente no se había tomado. Tenía el rostro hinchado, ojeras marcadas, e