Tomé las tazas con firmeza
—Permiso —dije sin agachar la mirada—. Sus cafés.
Sonreí con hipocresía; mi pecho dolía de solo pensar en lo que él me había hecho sentir.
—Gracias, Ana. Qué cortes —comentó Gerard, con compasión en los ojos.
Antes de que pudiera responder, Fabián intervino en tono autoritario:
—Toma, trascribe esto —dijo, ignorándome por completo.
Asentí con la cabeza y salí de la habitación, encaminándome de regreso a mi escritorio. De pronto, la puerta se abrió de golpe y ent