—Fabián… —susurré, sintiendo que el corazón me golpeaba el pecho—. Yo no entiendo nada, necesito que me digas la verdad.
Él levantó la mirada del bebé, con esa arrogancia fría que conocía tan bien, y me fulminó con los ojos.
—No entiendo tú qué haces aquí, Ana. —Su voz sonó dura, distante, como si cada palabra fuese un muro entre nosotros—. Ni siquiera entiendo cómo acabé en la habitación de un hospital contigo. No entiendo. Tú no tienes nada que ver conmigo.
Sus palabras fueron como un balde d