—No, Matías… —dije con la voz quebrada, abrazándome el vientre sin poder contener las lágrimas—. La única esperanza que me queda es que Verónica despierte, que salga con vida y aclare toda esta confusión.
Él se quedó en silencio, con esa mirada profunda que me hablaba más que cualquier palabra. Me acarició el hombro y cambió de tema, como buscando darme un respiro.
—¿Has comido algo? —preguntó, suave pero con firmeza—. Tienes que alimentarte, Ana. No puedes seguir así.
Negué despacio, sintiéndo