—No, Matías… —dije con la voz quebrada, abrazándome el vientre sin poder contener las lágrimas—. La única esperanza que me queda es que Verónica despierte, que salga con vida y aclare toda esta confusión.
Él se quedó en silencio, con esa mirada profunda que me hablaba más que cualquier palabra. Me acarició el hombro y cambió de tema, como buscando darme un respiro.
—¿Has comido algo? —preguntó, suave pero con firmeza—. Tienes que alimentarte, Ana. No puedes seguir así.
Negué despacio, sintiéndome débil, pero él no aceptó mi silencio. Permaneció conmigo, acompañándome en cada minuto de esa tarde pesada. No me dejó sola.
Cuando cayó la noche, uno de los médicos entró a revisarme. Yo, con la misma ansiedad de siempre, lancé la pregunta de inmediato:
—¿Y Verónica? ¿Cómo está?
—Ya salió de cirugía —respondió con calma—. Está en cuidados intensivos, aún no puede estar con el bebé. Su estado es crítico, pero estable.
Matías suspiró aliviado, yo apenas logré cerrar los ojos esa noche. Dormí p