No entendía nada. Me quedé sentada en esa cama blanca, helada, con las palabras de Fabián repitiéndose una y otra vez en mi cabeza como un martillazo: *“Esa mujer, su pequeño hijo…”*.
¿Otra vez? ¿Otra vez yo en este lugar, sintiendo que me quedaba al margen? ¿Qué hice yo para que me tratara así? ¿Por qué cada vez que parecía que lo tenía de vuelta, él me empujaba hacia la sombra?
El nudo en mi garganta crecía. La angustia no me dejaba respirar, y la idea de que todo volviera a ser como antes, de que otra vez me relegara por Verónica, me hacía temblar. No podía quedarme con dudas.
—Díganme la verdad —le pedí a los médicos cuando entraron a revisar mis signos vitales—. ¿Qué es lo que está pasando con Verónica?
Se miraron entre ellos, como si no supieran cuánto decirme. Finalmente, uno de ellos habló con calma, como midiendo sus palabras:
—La señora Verónica está muy grave, señorita Ana. Recibió tres impactos de bala que iban dirigidos al señor Fabián. Está en cirugía, su estado es reser