Amanecimos aún entrelazados en aquella cama de hospital demasiado grande para los dos. Sentía el calor de su pecho contra mi espalda y por un instante quise creer que el mundo afuera se había detenido. Fabián fijó su mirada en mí, y sin decir palabra me regaló una sonrisa que me desarmó. Se inclinó y me besó suavemente, como un “buenos días” que no necesitaba pronunciarse.
Yo todavía no me acostumbraba a tenerlo tan cerca de nuevo, a sentir su roce sin la distancia que últimamente nos había sep