Amanecimos aún entrelazados en aquella cama de hospital demasiado grande para los dos. Sentía el calor de su pecho contra mi espalda y por un instante quise creer que el mundo afuera se había detenido. Fabián fijó su mirada en mí, y sin decir palabra me regaló una sonrisa que me desarmó. Se inclinó y me besó suavemente, como un “buenos días” que no necesitaba pronunciarse.
Yo todavía no me acostumbraba a tenerlo tan cerca de nuevo, a sentir su roce sin la distancia que últimamente nos había separado. Pero se sentía tan bien… como si mi piel recordara algo que mi corazón intentaba negar.
Poco después trajo el desayuno. Entre risas tontas y comentarios sin importancia, comimos como si de verdad nada malo pudiera alcanzarnos. Sin embargo, mientras sostenía la taza de café entre mis manos, sentí el impulso de revisar mi celular.
Los medios estaban estallando. Noticias, notificaciones, titulares rojos que parpadeaban en la pantalla.
—Tengo que salir, reunión urgente —dijo Fabián, con el ce