La tarde cayó sobre la mansión Wood con una elegancia casi intimidante.
Sofía estaba de pie frente al espejo de la habitación de invitados, mientras una asistente —elegida por Isabel Wood— ajustaba el vestido azul marino que había sido “seleccionado para ella”.
—No te muevas —ordenó la mujer sin levantar la voz.
Sofía obedeció.
Nunca había llevado algo así: suave, ajustado en la cintura, con una caída tan perfecta que hacía que sus piernas parecieran más largas de lo que eran.
No se reconocía.