Sofía no le dijo a nadie que iba a salir.
Ni a Vanesa.
Ni a Eduard.
Ni siquiera a sí misma en voz alta.
Simplemente se puso el abrigo, comprobó dos veces que el móvil estuviera en silencio y salió de la casa como quien cruza una frontera invisible.
Arthur la esperaba en el coche, motor apagado, manos apoyadas en el volante. No sonrió cuando la vio llegar. No hizo bromas. No intentó aliviar nada.
Eso, de algún modo, le dio más miedo que cualquier dramatismo.
—¿Estás segura? —preguntó cuando ella se sentó.
Sofía se ajustó el cinturón con movimientos mecánicos.
—No —respondió—. Pero si no lo hago hoy, no lo haré nunca.
Arthur arrancó sin añadir nada más.
El trayecto fue corto, pero pesado. No hablaron. La ciudad pasaba al otro lado del cristal como un decorado ajeno, irrelevante. Sofía miraba escaparates, semáforos, gente caminando con bolsas en la mano… personas normales, con vidas normales.
Pensó, no por primera vez, que nadie que la viera en ese momento habría imaginado que estaba a p