Sofía no le dijo a nadie que iba a salir.
Ni a Vanesa.
Ni a Eduard.
Ni siquiera a sí misma en voz alta.
Simplemente se puso el abrigo, comprobó dos veces que el móvil estuviera en silencio y salió de la casa como quien cruza una frontera invisible.
Arthur la esperaba en el coche, motor apagado, manos apoyadas en el volante. No sonrió cuando la vio llegar. No hizo bromas. No intentó aliviar nada.
Eso, de algún modo, le dio más miedo que cualquier dramatismo.
—¿Estás segura? —preguntó cuando ella