Sofía llevaba rato despierta cuando Eduard abrió los ojos.
No había dormido mal.
Había dormido alerta.
Como si una parte de su cuerpo hubiera entendido antes que su cabeza que algo había cambiado para siempre.
Eduard estaba boca arriba, respirando despacio, con una mano apoyada cerca de su cintura sin tocarla del todo. Ese gesto —esa cercanía que no invadía— había sido siempre una de las cosas que más seguridad le daban.
Hoy no.
Hoy le parecía… calculado.
No de forma consciente.
De forma aprendida.
Sofía se quedó observándolo unos segundos más, estudiando los detalles pequeños: la tensión mínima en la mandíbula incluso dormido, la forma en que fruncía el ceño como si estuviera resolviendo algo incluso en sueños.
Siempre decidiendo, pensó.
Eduard abrió los ojos.
—Buenos días —murmuró, girando la cabeza hacia ella—. ¿Llevas mucho despierta?
—Un rato —respondió Sofía.
No sonrió.
Eduard lo notó.
—¿Te duele algo?
—No.
Otra respuesta correcta.
Otra verdad incompleta.
Eduard se incorporó des