Eduard no durmió.
No porque tuviera miedo.
Sino porque pensar se había convertido en un acto violento.
Sentado en el borde de la cama, con los antebrazos apoyados sobre los muslos y la espalda ligeramente encorvada, miraba la pared sin verla realmente. Su mente iba y venía como un animal encerrado, golpeando los mismos puntos una y otra vez.
Natalia apareciendo donde no debía.
El mensaje anónimo.
El hombre de la cicatriz.
La frase de Ethan, lanzada como una cerilla: tú ya lo sabes.
Y Leonard… siempre Leonard… con su tono pulido y sus advertencias envueltas en cortesía.
Todo parecía distinto.
Y, al mismo tiempo, demasiado coherente.
El problema era que el centro de todo no era él.
Era Sofía.
Sofía dormía a su espalda, con la respiración irregular y la pierna ligeramente girada hacia un lado para evitar el dolor. Eduard la observó durante unos segundos más de lo necesario. No la tocó. No la despertó. Aún no sabía si tenía derecho a invadir siquiera su descanso.
Se levantó despacio y sal