Un año antes:El olor a lejía era lo primero que recordaba cada mañana.Sofía Becker despertaba antes que el sol, siempre con las manos adoloridas y la sensación de vivir en una casa que no era suya… aunque llevara más de trece años allí.A los cinco había sido adoptada por Victoria y Leonardo Becker, una pareja de empresarios locales con demasiado dinero y muy poco cariño. “Un acto de caridad”, lo llamaban. Pero Sofía sabía que no era más que decoración social.Y la decoración, siempre, debía mantenerse impecable.Melisa, la hija biológica, era lo contrario a ella en todo: hermosa, mimada, cruel.Stefan, el hijo mayor, era igual que sus padres: arrogante, exigente, imposible de contentar.Esa mañana Melisa estaba sentada en la isla de la cocina, comiendo fresas como si hubiera nacido para ser adorada.—Ese doblez está mal hecho —dijo sin levantar la vista del móvil—. ¿Quieres que Eduard piense que no sirves para nada?Sofía apretó los labios.“Eduard”. El nombre llevaba semanas rondá
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