Sofía tardó horas en volver a conciliar el sueño.
No porque tuviera miedo.
Sino porque algo dentro de ella se había activado.
No era una sospecha concreta. Era una alerta. Como si una parte antigua de su cuerpo hubiese entendido antes que su cabeza que el terreno bajo sus pies empezaba a moverse.
Cuando por fin amaneció, Eduard seguía dormido a su lado. De espaldas. Con el ceño ligeramente fruncido incluso en sueños, como si ni siquiera ahí pudiera relajarse del todo.
Sofía lo observó largo rato.
Lo amaba.
De eso ya no tenía dudas.
Pero amar no era lo mismo que entender.
Y últimamente, Eduard se estaba convirtiendo en un territorio lleno de puertas cerradas.
Se levantó con cuidado y salió al porche.
El lago estaba quieto. Demasiado quieto.
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Arthur llegó sin avisar.
No llamó al timbre. No envió mensaje previo. Simplemente apareció al final del camino de grava, caminando despacio, con una carpeta oscura bajo el brazo y una expresión que no traía buenas noticias… pero sí verdades.
Sofía