Sofía no dijo nada durante el desayuno.
No porque no tuviera cosas que decir, sino porque cada palabra que se le cruzaba por la mente parecía demasiado grande para la mesa, demasiado peligrosa para el momento.
Eduard hablaba.
De proveedores.
De fechas.
De lo fácil que sería adelantar ciertos trámites si se movían “con discreción”.
Sofía asentía.
Y mientras tanto, pensaba en la carpeta escondida bajo el colchón de la habitación.
En el nombre de su madre biológica.
En la sensación incómoda de haber despertado en una historia que llevaba años escribiéndose sin ella.
—Podríamos hacerlo en algo íntimo —decía Eduard—. Nada de prensa. Nada de familias extendidas. Solo lo justo. Lo nuestro.
Lo nuestro.
La expresión le atravesó el pecho con una punzada.
—Eduard —dijo al fin—. ¿Tú recuerdas cuándo empezamos a hablar de casarnos?
Él se detuvo apenas un segundo. Lo justo para que ella lo notara.
—No como una conversación concreta —respondió—. Era… algo que se daba por hecho.
Sofía sostuvo la taza