Sofía despertó con la certeza incómoda de que alguien había tomado decisiones mientras ella dormía.
No era un pensamiento concreto.
Era una sensación.
Una presión en el pecho que no se iba ni al abrir los ojos.
La casa junto al lago estaba envuelta en una luz gris suave. No había ruido de coches, ni voces, ni teléfonos. Solo agua moviéndose despacio y el crujido ocasional de la madera antigua dilatándose con el frío de la mañana.
Eduard no estaba en la cama.
Eso, por sí solo, no habría significado nada… si no fuera porque llevaba varios días despertando antes que ella sin moverse de su lado.
Sofía se incorporó despacio.
Lo encontró en la cocina, de espaldas, con el móvil apoyado sobre la encimera y ambas manos sujetándolo como si fuera algo frágil. No hablaba alto. De hecho, apenas hablaba.
—No —dijo en voz baja—. No quiero intermediarios. Hazlo tú.
Pausa.
—No me importa cómo lo expliques… pero no dejes rastro.
Otra pausa más larga.
—Sí. Antes de la boda.
Sofía se quedó quieta.
No por