El eco de las palabras de Ethan quedó suspendido en el aire como un cuchillo afilado.
“Tú ya lo sabes.”
Eduard lo soltó de golpe.
No porque la amenaza hubiese perdido fuerza.
Sino porque la frase le había arrancado el aire del pecho.
Ethan se masajeó el cuello, sonriendo con esa calma irritante de siempre.
—Uy… te has quedado blanco. Supongo que el cerebro ya empezó a unir puntitos.
Eduard no respondió.
No podía.
Porque su cuerpo estaba allí, frente a Ethan…
Pero su mente estaba retrocediendo a