El eco de las palabras de Ethan quedó suspendido en el aire como un cuchillo afilado.
“Tú ya lo sabes.”
Eduard lo soltó de golpe.
No porque la amenaza hubiese perdido fuerza.
Sino porque la frase le había arrancado el aire del pecho.
Ethan se masajeó el cuello, sonriendo con esa calma irritante de siempre.
—Uy… te has quedado blanco. Supongo que el cerebro ya empezó a unir puntitos.
Eduard no respondió.
No podía.
Porque su cuerpo estaba allí, frente a Ethan…
Pero su mente estaba retrocediendo a una imagen recién recuperada:
Sofía llorando.
Él abrazándola.
Una voz en la oscuridad diciendo:
“No deberías tenerla tan cerca, hijo.”
Una voz fría.
Una voz que ahora reconocía.
—Vete —murmuró al fin.
Ethan ladeó la cabeza.
—Eduard… ¿quieres de verdad que me vaya? Sabiendo que soy el único que te va a decir la verdad sin adornos.
Eduard dio un paso adelante.
Ethan retrocedió uno.
Bien.
El miedo, aunque mínimo, estaba ahí.
—Te lo diré claro —dijo Eduard, la voz grave—. Si vuelves a aparecer cerc