La mañana llegó demasiado rápido para todos, pero especialmente para Eduard.
Había dormido —si es que podía llamarse dormir— en la silla del hospital, con la cabeza apoyada en la mano y un peso constante en el pecho que no desaparecía ni parpadeando.
Cuando Sofía abrió los ojos, él ya estaba sentado a su lado, mirando algo en el móvil como quien estudia un mapa de guerra.
Ella parpadeó.
—¿Ya llevas mucho rato despierto?
Eduard levantó la mirada. Había algo nuevo en sus ojos: determinación con un toque de urgencia.
—Tengo que organizar… varias cosas antes de que nos movamos.
—¿Mover…?
Él se inclinó un poco hacia adelante.
—Sofía, hoy voy a buscar un sitio donde podamos quedarnos mientras organizamos la boda. Un sitio donde nadie nos encuentre. Ni Ethan. Ni los Becker. Ni nadie de mi casa.
Ella se quedó sin aire unos segundos.
—Eduard… no sé si esto es buena idea.
—No estoy pidiendo permiso —respondió, tranquilo pero firme—. No voy a meterme en un altar contigo mañana. No es eso. Necesi