La mañana llegó demasiado rápido para todos, pero especialmente para Eduard.
Había dormido —si es que podía llamarse dormir— en la silla del hospital, con la cabeza apoyada en la mano y un peso constante en el pecho que no desaparecía ni parpadeando.
Cuando Sofía abrió los ojos, él ya estaba sentado a su lado, mirando algo en el móvil como quien estudia un mapa de guerra.
Ella parpadeó.
—¿Ya llevas mucho rato despierto?
Eduard levantó la mirada. Había algo nuevo en sus ojos: determinación con u