El ascensor olía a lejía.
Eduard entro apretando el botón como si así pudiera acelerar el tiempo. No llevaba la chaqueta. No recordaba habérsela puesto. Tenía la mandíbula rígida y las manos demasiado calientes, como si su cuerpo estuviera intentando decidir entre correr o romper algo.
Cuando las puertas se abrieron, el vestíbulo de urgencias lo recibió con el ruido sordo de la madrugada hospitalaria: pasos de goma, murmullos, camillas rodando como si fueran fantasmas.
Y allí estaba.
Leonard.
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