El ascensor olía a lejía.
Eduard entro apretando el botón como si así pudiera acelerar el tiempo. No llevaba la chaqueta. No recordaba habérsela puesto. Tenía la mandíbula rígida y las manos demasiado calientes, como si su cuerpo estuviera intentando decidir entre correr o romper algo.
Cuando las puertas se abrieron, el vestíbulo de urgencias lo recibió con el ruido sordo de la madrugada hospitalaria: pasos de goma, murmullos, camillas rodando como si fueran fantasmas.
Y allí estaba.
Leonard.
De pie junto a la recepción, demasiado impecable para un hombre que venía “preocupado”. Abrigo caro, reloj brillante, expresión medida. No parecía un padre que teme perder a su hija. Parecía un hombre que teme perder el control del relato.
Leonard levantó la vista y sonrió al verlo, con esa sonrisa que no te abriga, solo te evalúa.
—Eduard —dijo—. Me alegra que hayas bajado. He pedido subir.
Eduard no le devolvió el saludo.
Se quedó a dos metros. No por educación: por cálculo. Esa distancia era u