La rabia inundó mis venas y antes de poder darme cuenta, tomé el cuchillo del suelo, sintiendo el mango metálico frío contra mi sudorosa mano. Lo apreté con tanta fuerza que mis nudillos palidecieron. Temblaba, pero no sabía si era la adrenalina recorriéndome o la rabia carcomiéndome.
La punta del cuchillo estaba a milímetros de su pecho, pero él me miró sin ninguna expresión de sorpresa. Sus ojos dorados fijos en los míos, su pecho subiendo y bajando a un ritmo lento, controlado, como si yo