Desperté sola.
La cama estaba vacía, las sábanas frías, indicándome que en ningún momento de la noche apareció para acompañarme. No había nota. No había mensaje.
Sus palabras volvieron a mi mente: “Duerme. Mañana seguimos”.
Había cumplido su promesa. Toda la noche. Y al amanecer, se había ido. Sin mirarme. Sin despedirse. Como si yo no fuera más que un objeto usado y desechado.
El pecho me dolió repentinamente, como si me estuvieran atravesando los vasos sanguíneos. ¿Era un infarto lo que