Una vez que el doctor terminó, retiró la mía que nos unía y me ofreció una galleta. Por un minuto, pensé en partírsela en la cabeza. ¿Creía qué era un niño?
Mi expresión debió decirle todo.
—Acaba de donar sangre, debe recuperar fuerzas —Siguió con su mano extendida.
—Ahórrese la galleta y mejor vaya a buscar la anestesia en el hospital. Lo quiero devuelta en veinte minutos.
El hombre bajó la mano, mirando a la mujer que yacía inconsciente, después su mesa de madera bañada en sangre, la puert