—¡No te estoy torturando! —La sujeté por los hombros, inmovilizándola. Una sensación amarga se alojó en mi pecho—. ¡Te están curando!
Su piel estaba más caliente de lo normal, como si tuviera fiebre. Sus ojos iban en todas direcciones, pero sentía que no me estaba viendo realmente, que no era consciente de lo que pasaba a su alrededor.
—¡No me dejes! —gritó de repente, los dedos de su otra mano aferrándose a mi mano sobre su hombro—. ¡Cipriano! ¡No me dejes con ellos! ¡No me encierres!
—No t