El auto atravesó la ciudad a una velocidad que pudo costarnos tres multas de tránsito, pero nadie se atrevió a detenernos. Enzo conducía, llamando por teléfono, preparando el camino. Yo iba detrás, con ella en mi regazo, mi mano en su cuello, sintiendo cada latido como si fuera el mío.
Esta mujer me ha causado más molestia en un día que todo lo que he vivido en este último año.
¿Cómo se atrevía a intentar morir en mis brazos?
Esa pequeña herida que atravesó su brazo fue suficiente para ame