El corazón me latía con prisa mientras los guardias se dispersaban, asegurando las salidas, observando el balcón. Una vez más, los ojos dorados de Cipriano atraparon los míos. Y ya no había nadie; ni los desconocidos que solo vinieron a pasar un buen rato y terminaron huyendo despavoridos, ni Silvia, ni los guardias. Solo nosotros.
Y yo seguía allí, en sus brazos, sangrando, sin fuerzas, sin esperanza.
—Vas a vivir —Me miró fijamente, sus ojos analizando los míos. El sudor frío bajó por mi fre