Los ojos me pesaban al abrirlos, las caderas me dolían, pero era aquel dolor que valía completamente la pena.
Aún estaba en la habitación de Cipriano, cubierta con sus sábanas. Y él… él no estaba, pero mi cuerpo aún lo sentía. Los músculos me dolían, mi piel contenía nuevas marcas patrocinadas por sus dientes y sus manos en medio del desastre que provocamos en la ducha.
A él le gustaba mucho dejar sus huellas en mi piel, era como si lo necesitara con urgencia cada vez que estabamos juntos.
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