El corazón amenazaba con perforarme el pecho.
Acurrucada bajo el escritorio de Cipriano, con las rodillas pegadas al mentón y la respiración contenida, solo podía pensar en lo estúpida que había sido. ¿En qué momento se me ocurrió que era buena idea colarme en la oficina del hombre más peligroso de Italia?
Los pasos se detuvieron frente al escritorio. A través de la abertura, alcancé a ver los zapatos de cuero negro de Cipriano, impecables como siempre.
«No, demasiado cerca. ¡Me verá!»
—Que lo